Silabario. Revista de Estudios y Ensayos Geoculturales. ISSN 1514-4100 Publicación del Área Letras del Centro de Investigaciones "María Saleme Burnichon" de la Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba
" Es que el pueblo no habla el mismo lenguaje que nosotros.
Su abecedario no tiene letras, sino apenas
formas, movimientos, gestos. Y no es que el pueblo sea
analfabeto, sino que quiere decir cosas
que nosotros ya no decimos"
Rodolfo Kusch en Indios, porteños y dioses,
Stilcograf, Bs. As., 1996, p. 116
"La Manifestación". Antonio Berni
2 oct 2010
La Narración
VI
Es preciso pensar la transformación de las formas épicas, como consumada en ritmos comparables a los de los cambios que, en el transcurso de cientos de milenios, sufrió la superficie de la Tierra. Es difícil que las formas de comunicación humanas se hayan elaborado con mayor lentitud, y que con mayor lentitud se hayan perdido. La novela, cuyos inicios se remontan a la antigüedad, requirió cientos de años, hasta toparse, en la incipiente burguesía, con los elementos que le sirvieron para florecer. Apenas sobrevenidos estos elementos, la narración comenzó, lentamente, a retraerse a lo arcaico; se apropió, en más de un sentido, del nuevo contenido, pero sin llegar a estar realmente determinado por éste. Por otra parte, nos percatamos que, con el consolidado dominio de la burguesía, que cuenta con la prensa como uno de los principales instrumentos del capitalismo avanzado, hace su aparición una forma de comunicación que, por antigua que sea, jamás incidió de forma determinante sobre la forma épica. Pero ahora sí lo hace. Y se hace patente que sin ser menos ajena a la narración que la novela, se le enfrenta de manera mucho más amenazadora, hasta llevarla a una crisis. Esta nueva forma de la comunicación es la información.
Villemessant, el fundador de Le Figaro, caracterizó la naturaleza de la información con una fórmula célebre. «A mis lectores», solía decir, «el incendio en un techo en el Quartier Latin les es más importante que una revolución en Madrid». De golpe queda claro que, ya no la noticia que proviene de lejos, sino la información que sirve de soporte a lo más próximo, cuenta con la preferencia de la audiencia. Pero la noticia proveniente de lejos —sea la espacial de países lejanos, o la temporal de la tradición— disponía de una autoridad que le concedía vigencia, aun en aquellos casos en que no se la sometía a control. La información, empero, reivindica una pronta verificabilidad. Eso es lo primero que constituye su «inteligibilidad de suyo». A menudo no es más exacta que las noticias de siglos anteriores. Pero, mientras que éstas recurrían de buen grado a los prodigios, es imprescindible que la información suene plausible. Por ello es irreconciliable con la narración. U escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo jugado por la difusión de la información.
Cada mañana nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables. Esto se debe a que ya no nos alcanza acontecimiento alguno que no esté cargado de explicaciones. Con otras palabras: casi nada de lo que acontece beneficia a la narración, y casi todo a la información. Es que la mitad del arte de narrar radica precisamente, en referir una historia libre de explicaciones. Ahí Lesskow es un maestro (piénsese en piezas como El engaño o El águila blanca). Lo extraordinario, lo prodigioso, están contados con la mayor precisión, sin imponerle al lector el contexto psicológico de lo ocurrido. Es libre de arreglárselas con el tema según su propio entendimiento, y con ello la narración alcanza una amplitud de vibración de que carece la información.
VII
Lesskow se remitió a la escuela de los antiguos. El primer narrador de los griegos fue Herodoto. En el capítulo catorce del tercer libro de sus Historias, hay un relato del que mucho puede aprenderse. Trata de Psamenito. Cuando Psamenito, rey de los egipcios, fue derrotado por el rey persa Cambises, este último se propuso humillarlo. Dio orden de colocar a Psamenito en la calle por donde debía pasar la marcha triunfal de los persas. Además dispuso que el prisionero vea a su hija pasar como criada, con el cántaro, camino a la fuente. Mientras que todos los egipcios se dolían y lamentaban ante tal espectáculo, Psamenito se mantenía aislado, callado e inmóvil, los ojos dirigidos al suelo. Y tampoco se inmutó al ver pasar a su hijo con el desfile que lo llevaba a su ejecución. Pero cuando luego reconoció entre los prisioneros a uno de sus criados, un hombre viejo y empobrecido, sólo entonces comenzó a golpearse la cabeza con los puños y a mostrar todos los signos de la más profunda pena.
Esta historia permite recapitular sobre la condición de la verdadera narración. La información cobra su recompensa exclusivamente en el instante en que es nueva. Sólo vive en ese instante, debe entregarse totalmente a él, y en él manifestarse. No así la narración pues no se agota. Mantiene sus fuerzas acumuladas, y es capaz de desplegarse pasado mucho tiempo. Es así que Montaigne volvió a la historia del rey egipcio, preguntándose: ¿Por qué sólo comienza a lamentarse al divisar al criado? Y el mismo Montaigne responde: «Porque estando tan saturado de pena, sólo requería el más mínimo agregado, para derribar las presas que la contenía.» Eso según Montaigne. Pero asimismo podría decirse: «No es el destino de los personajes de la realeza lo que conmueve al rey, por ser el suyo propio». 0 bien: «Mucho de lo que nos conmueve en el escenario no nos conmueve en la vida; para el rey este criado no es más que un actor.» 0 aún: «El gran dolor se acumula y sólo irrumpe al relajamos. La visión de ese criado significó la relajación.» Herodoto no explica nada. Su informe es absolutamente seco. Por ello, esta historia aún está en condiciones de provocar sorpresa y reflexión. Se asemeja a las semillas de grano que, encerradas en las milenarias cámaras impermeables al aire de las pirámides, conservaron su capacidad germinativa hasta nuestros días.
VIII
Nada puede encomendar las historias a la memoria con mayor insistencia, que la continente concisión que las sustrae del análisis psicológico. Y cuanto más natural sea esa renuncia a matizaciones psicológicas por parte del narrador, tanto mayor la expectativa de aquélla de encontrar un lugar en la memoria del oyente, y con mayor gusto, tarde o temprano, éste la volverá, a su vez, a narrar. Este proceso de asimilación que ocurre en las profundidades, requiere un estado de distensión cada vez menos frecuente. Así como el sueño es el punto álgido de la relajación corporal, el aburrimiento lo es de la relajación espiritual. El aburrimiento es el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia. Basta el susurro de las hojas del bosque para ahuyentarlo. Sus nidos —las actividades íntimamente ligadas al aburrimiento—, se han extinguido en las ciudades y descompuesto también en el campo. Con ello se pierde el don de estar a la escucha, y desaparece la comunidad de los que tienen el oído atento. Narrar historias siempre ha sido el arte de seguir contándolas, y este arte se pierde si ya no hay capacidad de retenerlas. Y se pierde porque ya no se teje ni se hila mientras se les presta oído. Cuanto más olvidado de sí mismo está el escucha, tanto más profundamente se impregna su memoria de lo oído. Cuando está poseído por el ritmo de su trabajo, registra las historias de tal manera, que es sin más agraciado con el don de narrarlas. Así se constituye, por tanto, la red que sostiene al don de narrar. Y así también se deshace hoy por todos sus cabos, después de que durante milenios se anudara en el entorno de las formas más antiguas de artesanía.
Benjamin, Walter (1991). El narrador. Ed. Taurus. Madrid.
1 jun 2010
Calibán
Fernández Retamar, Roberto (2004) Todo Calibán
CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina En http://www.lajiribilla.cu/pdf/caliban1.pdf
En Contrapunteo Origenista: Los Debates de lo Nacional y lo Americano, Nancy Calomarde reflexiona sobre la revista Orígenes (1944-1956), en que participara el creador de Calibán.
27 may 2010
La Historia del Nosotros y de lo Nuestro: Arturo Andrés Roig
II
LA HISTORIA DEL "NOSOTROS" Y DE LO “NUESTRO"
LA HISTORIA DEL "NOSOTROS" Y DE LO “NUESTRO"
Hemos
dicho que el "nosotros" es "nosotros los
latinoamericanos" y hemos tratado de señalar al mismo tiempo
la insuficiencia de tal autodefinición, como también la
complejidad que encierra su enunciado.
Ese
"nosotros" hace referencia a un sujeto que si bien posee
una continuidad histórica, no siempre se ha identificado de
igual
manera. En algún momento el hombre latinoamericano se
denominó a
si mismo como tal, y si bien esa denominación supone e
implica las
anteriores, el hecho es que no siempre se respondió al
problema de
la diversidad teniendo en cuenta una misma comprensión de la
unidad. Dicho de otro modo, el sujeto americano no siempre
ha
intentado identificarse mediante una misma unidad
referencial.
Y
no podía ser de otra manera, pues lo que ahora señalamos
como
"América Latina" es, como hemos dicho, un ente
histórico-cultural
que se encuentra sometido por eso mismo a un proceso
cambiante de
diversificación-unificación en relación con una cierta
realidad
sustante. No siempre se ha partido, por tanto, de una misma
diversidad, ni se ha asumido esa diversidad desde una misma
idea de
unidad, y pueden señalarse como consecuencia horizontes de
comprensión diversos. Es posible hablar, de esta manera, de
una
historia de los modos de "unidad", desde los cuales se ha
tratado o se trata de alcanzar la comprensión de la
diversidad.
Esta
situación no es exclusiva de América Latina y puede ser
considerada también respecto de Europa, más aún, debe serlo
necesariamente.
Puede
uno preguntarse y nos hemos preguntado si realmente existe
Europa, y
si existe, cuáles son sus límites históricos, geográficos o
culturales. Sabemos que en más de una ocasión se ha afirmado
la
existencia de una "Europa marginal" o de una
"no-Europa" dentro de la cual se ha colocado, por ejemplo,
a España. Bolívar, en su "Discurso de Angostura" decía
que "la España misma deja de ser Europa por su sangre
africana, por sus instituciones y por su carácter", y, años
más
tarde, Sarmiento, en su Facundo caracterizaba a
España como
"esa rezagada de la Europa", que echada entre el
Mediterráneo
y el Océano, entre la Edad Media y el siglo XIX, unida a la
Europa
culta por un ancho istmo y separada del África bárbara por
un
angosto estrecho, está balanceándose entre dos fuerzas
opuestas”
(Bolívar, S., 1975: 103; Sarmiento, D. F., 1967: 9). Para
Hegel,
según lo declara en sus Lecciones de filosofía de la
historia
universal, Europa se reduce a tres naciones:
"Francia-Alemania-Inglaterra", que son las que detentaban
según él un cierto espíritu, el del Occidente, que no era
término
relativo, sino absoluto. En lo que se refiere a la respuesta
acerca
de qué es Europa, lo que hizo Hegel no fue ciertamente
resolver el
problema, sino plantearlo, en cuanto que lo que nos ha dado a
conocer no supera los límites de un determinado horizonte de
comprensión, o dicho en términos hegelianos, una "metafísica
habitual", con el agravante de un nuevo encubrimiento
derivado
esta vez no de la "representación" sino del
"concepto".
En
relación con esa Europa cambiante, cuya diversidad no
siempre fue
entendida desde una misma unidad, se ha jugado, y se juega
aún, el
problema de la unidad de América en general y de la América
Latina
en particular. El mismo ha estado, en efecto, en relación
con un
proceso de "historización", que puede ser definido como
la sucesiva incorporación de América al "proceso
civilizatorio" europeo, que supone y ha supuesto los
sucesivos
horizontes de comprensión desde los cuales se ha entendido
la
europeidad misma por parte de Europa, y que por tanto
implica,
dentro de ciertas líneas constantes, una variación en la
interpretación de la unidad de América Latina.
No
es un hecho casual que las naciones europeas que han
pretendido
serlo por antonomasia hayan sido las que dieron nacimiento,
en
sucesivas etapas y a partir de la circunnavegación del
continente
africano y el descubrimiento de América, al vasto proceso de
organización del mundo colonial. Nuestra América integró ese
mundo y los primeros que la concibieron como unidad no
fueron las
poblaciones colonizadas, sino los colonizadores. Tiene razón
en
esto O´Gorman cuando afirma que la idea de América fue
"inventada" por Europa, pero lo fue en un proceso histórico
de dominación, sobre la base de horizontes de comprensión
que no
podían ser "americanos" y que respondían a objetivos muy
precisos de los sucesivos imperios mundiales, sostenidos y
organizados por las viejas aristocracias y las burguesías,
que se
consideraron a sí mismas como lo europeo por excelencia.
La
historia de los modos de unidad es a la vez la del
nacimiento de la
conciencia para sí de un determinado grupo social, pasada
una
primera larga etapa en la que el hombre de las tierras
americanas,
indígena o hijo de colonizadores, no se había abierto aún a
la
historia como sujeto posible de la misma.
En
los siglos XVI Y XVII se hablaba de las Américas que
integraban el
Imperio español y el portugués, denominándolas "Indias
Occidentales", "Nuevo Mundo", "Nuevo Orbe",
etc. En el siglo XVIII se generalizó el ya por entonces
antiguo término
"América", y en relación con él aparecieron los de
"América Española" y "América Portuguesa". Más
tarde, en el siglo XIX, pasada su primera mitad, se hablará
de
"América Latina". A comienzo del siglo XX, y sin que
dejaran de usarse a veces y en particular los nombres que se
imponen
desde la segunda mitad del siglo XVIII, se hablará de
"Hispanoamérica", "Iberoamérica", "Indoamérica",
"Euroamérica", "Eurindia", etc.
Como
ya lo hemos afirmado, todas estas denominaciones de la
"unidad" y otras que podrían citarse, no parten de un
mismo horizonte de comprensión, ni definen la "realidad
objetiva" que mientan, de la misma manera, como tampoco
suponen
necesariamente siempre un mismo sujeto que las enuncia. Por
de
pronto, los términos "Indias Occidentales" y "Nuevo
Mundo" implican una definición de un ente cultural por
oposición
a otro. Se trata de una definición por negación: simplemente
las
"Indias Occidentales" no son las "Indias
Orientales", y el "Nuevo Mundo" no es el "Viejo
Mundo". La negatividad de la definición adquiere toda su
fuerza en particular respecto de lo segundo, en cuanto que
el mundo
"nuevo" por oposición al "viejo" tuvo
permanentemente como trasfondo axiológico los contrarios
"ser-no-ser", "lleno-vacío",
"contenido-continente", "historia-naturaleza",
etc.
Por
su parte, los términos "América Española", "América
Portuguesa", etc., si bien siguen suponiendo una definición
por oposición, no se trata de una oposición que implique
radicalmente negación. De alguna manera es ya una definición
positiva. Así, la "América Española" es definible por
ciertos caracteres intrínsecos, constituidos en particular
por lo
que se puede llamar su "legado" o "tradición",
que aun cuando en gran parte de origen europeo, ha sido
asimilado
como americano. De esta manera, a medida que América se fue
historizando en el sentido de que se fue incorporando al
"proceso civilizatorio" europeo y asimilándolo, los términos
con los que se la señaló fueron suponiendo el paso de una
definición
por simple oposición hacia una definición que suponía la
existencia de ciertos caracteres intrínsecos. Lo
"hispánico",
en efecto, ha sido y es, para la América Española, algo
propio.
El
otro aspecto importante que se debe tener en cuenta es el
relativo
al sujeto que en cada ocasión señaló la unidad de nuestra
América.
No hay duda de que el sujeto que hablaba de “Nuevo Mundo" en
el siglo XVI no es el mismo que más tarde habló de "América
Española", por ejemplo, en la expresión "nosotros los
españoles americanos"; ni será el que, cuando un cierto
grupo
social adquiera una determinada autoconciencia, hable
simplemente de
"americanos", eliminando lo de "españoles" en
su autodenominación. En cada caso se está partiendo de
diversidades no coincidentes y a la vez entendiendo tales
formas de
diversidad, desde proyectos de unidad distintos. El
conquistador
europeo, el hijo del conquistador y posteriormente el hijo
del
colonizador, nacidos en América, afirmaron cada uno una
unidad
desde una diversidad que les era propia y, por eso mismo,
desde
distintos horizontes de comprensión. De este modo, la
historia de
los nombres viene a ser la historia de la aparición de un
sujeto
que los enuncia dentro de un proceso de historización que
comienza
siendo simplemente de incorporación a la "civilización"
europea y que termina siendo de alguna manera de
enfrentamiento, aun
cuando en adelante se mueva siempre dentro del ámbito de
aquélla.
En este proceso es necesario reconocer formas de
endogenación dadas
conjuntamente con el surgimiento de aquel sujeto, dentro de
la
conflictiva marcha de los grupos sociales en nuestra
América.
Este
último aspecto irá cobrando cuerpo desde fines del siglo
XVIII y
adquirirá su máxima fuerza a partir de las guerras de
Independencia y sobre todo una vez concluidas, momento en el
que el
problema no será simplemente de rechazo de las formas de
dominación
externas entonces imperantes, sino de enfrentamientos y de
reconocimientos internos según el agitado proceso de
constitución
social de los nuevos Estados. El grupo criollo será el que
habrá
de tener la iniciativa, como heredero de las relaciones de
dominación
sobre otros estamentos y grupos sociales. Será aquél el que
habrá
de invocar el nombre de "americano", o de
"hispanoamericano" más tarde, asumiendo, como clase que
ha adquirido un cierto grado de conciencia para sí, la
representación
de los demás estamentos, en particular el del campesinado
durante
el siglo XIX y, a partir de las primeras décadas del siglo
XX, el
de las primeras formaciones de un cierto proletariado
industrial.
Complejo proceso, difícilmente esquematizable en pocas
líneas, en
el que el primitivo "grupo criollo" irá a su vez
evolucionando hasta integrarse como un "patriciado" dentro
de las burguesías nacientes, herederas a su vez de las
formas de
poder económico y político, como asimismo de la tarea de
autodefinición del hombre americano.
El
año 1900 abre una nueva etapa como consecuencia de los
nuevos
caracteres que comienza a mostrar la política expansionista
de los
Estados Unidos, inmediato heredero del poder imperial
europeo en
Latinoamérica y también por el hecho, cada vez más
creciente, de
una cierta participación política de las masas, largamente
oprimidas, que comienzan a tener voz propia. De ahora en más
y en
particular en algunos países hispanoamericanos, ya no será
un solo
grupo social el que invoque una determinada forma de unidad y
ejerza
el derecho de autoafirmación. Demandas sociales conflictivas
terminarán por mostrar la naturaleza relativa, no absoluta,
de todo
horizonte de comprensión, como también acabarán por llevar
al
descubrimiento de que algunos de ellos poseen un poder
irruptivo
histórico y suponen por eso mismo una afirmación de unidad
de
diverso signo.
Una
larga historia pareciera anunciar su fin. El derecho de
bautismo de
nuestra América, inicialmente exclusivo de lo
conquistadores, pasó
en un determinado momento a los conquistados, mas también
heredaron
éstos las relaciones de dominación respecto de los
dominadores a
los dominados, por lo que los sucesivos nombres no pasaron
de ser la
expresión de universales ideológicos. Desde este punto de
vista,
queda claro que la historia de los nombres de nuestra
América no se
reduce a un problema de autodenominación, como, asimismo,
que la
inquietud por replanteárselo no es ni puede ser ajena a la
cuestión
de quién es el sujeto en nuestra América, que puede
autodenominarse, de cualquier modo que sea, sin caer otra
vez en
proyectos de unidad que concluyan siendo encubridores tanto
de
nuestras formas de dependencia externa, como de las
relaciones de
explotación social interna. Desde este punto de vista el
nombre que
nos pongamos o el que aceptemos como ya puesto, sólo
adquirirá
validez en relación con el proyecto de un sujeto histórico,
que no
será este o aquel individuo, que posea la capacidad de
integrar una
sociedad hasta ahora regida por la figura del señor y del
siervo,
del explotador y del explotado. De ahí que los nombres no
valgan
por sí mismos y que, en definitiva, el que nos sirva para
señalar
nuestra autoafirmación y para autorreconocernos, será el que
sea,
potencial o actualmente, legitimado por aquel sujeto.
La
historia de los nombres de nuestra América es por lo dicho,
la
historia trágica de un proceso de humanización al cual
debemos
sumarnos. Mas, ello requiere un grado de conciencia
histórica y
consecuentemente una tarea de revaloración crítica del
proceso de
acumulación de memoria organizado a partir de los sucesivos
proyectos de unidad. Dentro de esa perspectiva analizaremos
qué
quisieron decir con las expresiones "América Latina" y
"nuestra América", algunos escritores representativos del
siglo XIX, lo cual nos permitirá aclarar qué queremos
significar y
qué deberíamos entender si no nos queremos apartar de esa
lucha
por la humanización, cuando decimos, con el espíritu que
hemos
manifestado, "nosotros los latinoamericanos".
A
mediados del siglo XIX y hasta 1870, dos son las potencias
mundiales
que se organizan como naciones típicamente colonialistas en
Europa:
Inglaterra y Francia. Este último país, se enfrenta con el
mundo
sajón y el mundo eslavo en su carrera imperialista, tanto en
la
Europa misma, como en el Asia y el África, dentro de un
proceso
expansionista que no descuidaba las posibilidades que podía
ofrecer
la antigua América Española. Surge de este modo una
ideología
"panlatinista", que tendría eco en muchos escritores
hispanoamericanos, como consecuencia del expansionismo
territorial
de los Estados Unidos. En efecto, en 1845, después de diez
años de
guerras entre México, el estado separatista de Texas y los
norteamericanos, se produjo la anexión de aquel estado a la
nación
del norte. En 1847, tropas de los Estados Unidos toman la
capital de
México y obligan a reconocer la ocupación militar de los
estados
de California y de Nuevo México, con lo que la nación azteca
perdió
la mitad de su territorio. Estos hechos, y la importancia
que
Francia iba adquiriendo como "potencia latina", hicieron
que la ideología panlatinista comenzara a ser alimentada
tanto por
franceses como por hispanoamericanos, si bien lo fue desde
un
comienzo con un distinto signo. Dentro de ella surgirá la
expresión
"América Latina".
Hasta
ahora el testimonio mas antiguo de la aparición de la nueva
dominación es, tal como lo sostiene Miguel Rojas Mix, una
conferencia dictada en París por Francisco Bilbao el 24 de
junio de
1856 (Rojas Mix, M., 1997: 343-356). Muy pocos meses
después, el 2
de setiembre del mismo año, utilizó el término José María
Torres Caicedo en un poema titulado “Las dos Américas”
(Ardao,
A., 1960: 175-185). El uso francés más antiguo es hasta
ahora el
aparecido en un artículo de un periodista francés L. M.
Tisserand,
quien usó la expresión “Amerique Latine” en la Revue des
Races Latines, correspondiente al mes de enero de 1861.
De
acuerdo con lo dicho es desacertada la afirmación de John
Phelan
según la cual la palabra “Latinoamérica”, fue concebida “en
Francia durante la década de 1860, como un programa de
acción para
incorporar el papel y las aspiraciones de Francia hacia la
población
hispánica del Nuevo Mundo” (Pelan, J., 1979: 119 y 138-139).
Tal
vez en los usos que le diera al término Torres Caicedo, en
algunos
de sus escritos, podría haber alguna presencia del
panlatinismo
imperialista francés, contenido que de ningún modo podría
atribuírsele
a Francisco Bilbao, hasta ahora el creador del término y en
quien
tiene un valor, como lo señala Rojas Mix de “paradigma
anticolonial y anti-imperialista”, lo que es congruente con
su
valiente rechazo de la invasión francesa a México (Rojas
Mix,
M.,1997: 346).
Así,
pues, el espíritu con el que fue utilizado el nuevo término
en la
revista francesa no era, sin duda, el mismo que movía a
Bilbao. En
el mismo año de 1861, en el que publicaba su comentario
Tisserand,
desembarcaron en México las tropas francesas que acabarían
por
imponer, dos años mas tarde, el Imperio de Maximiliano. El
libro La
América en peligro (1862), hablaba de “América Latina”,
pero oponiéndose tanto a los Estados Unidos, como al
panlatinismo
francés, en una posición teórica y política congruente con
la de
su amigo y maestro Edgar Quinet (Cfr. Pelan, J., Ib. 134).
Las
diferencias entre el sentido americanista y europeísta de la
expresión "América Latina", podemos verlas de modo claro
si analizamos comparativamente los textos de La América
en
peligro, con lo que Juan Bautista Alberdi decía en su
obra El
gobierno de Sud América, escrita al año siguiente, en
1863, si
bien publicada muchos años más tarde. Ambos libros surgieron
como
respuesta ante la invasión francesa a México, fruto de la
política
imperialista de Napoleón III.
Alberdi
denuncia "el exceso de americanismo" que ha provocado
aquella invasión. Se trata, según él mismo nos lo dice, de
"la reacción del americanismo indígena y salvaje" que se
opone en América "al patriotismo liberal, americano y
moderno". Se plantea el problema de cuál es el sujeto
histórico
que tiene derechos a invocar el nombre de América y, por
tanto, a
sostener un americanismo "auténtico". La respuesta de
Alberdi es terminante. La revolución de América fue hecha
por
"el pueblo europeo de origen y de raza, no el pueblo de
nacionalidad indígena y salvaje". "Es en nombre de la
Europa que somos hoy mismo dueños de la América salvaje, los
americanos independientes de origen español”. De ahí la
defensa
que hace de la aristocracia latinoamericana, como también de
la
monarquía, como forma ideal de gobierno, frente a la
república que
se le presentaba como la puerta para la intromisión en la
cosa pública
de las masas ignorantes. "Identificarse con los americanos
primitivos, es decir, con las masas conquistadas, es perder
toda
noción de origen histórico, del papel de su propia raza, y
colocarse en la falsa posición de conquistados, siendo en
realidad
la raza conquistadora, la raza latina o europea, como es en
realidad... Lo que no ha desaparecido de la raza
conquistada, es
incapaz de toda reacción civilizada porque es salvaje o
bárbaro"
(Alberdi, J. B., 1896).
El
gobierno de Sud-América, sea monárquico o republicano, debe
ser el
gobierno de sus aristocracias y no la "república
democrática".
Ambas líneas de gobierno suponen, según Alberdi, dos
"americanismos": el de la civilización y el de la
barbarie.
Como
consecuencia de esta posición, Alberdi decide apoyar la
intervención
francesa en México, con lo cual no contradecía su tesis
expresada
en 1851, cuando decía lapidariamente que en América era
bárbaro
todo lo que no era europeo. Dentro de la expresión "América
Latina", usada por Alberdi, subraya, lo mismo que Tisserand,
lo
latino, por ser lo europeo, y niega sustantividad histórica a
América.
Luchar contra los franceses en México significaba
reivindicar una
América, pura naturaleza y barbarie, y no apoyarlos, era
dejar las
puertas abiertas a la América Sajona.
"América
Latina" vale, pues, por lo adjetivo y no por lo sustantivo.
Paradojalmente el sustantivo que compone la expresión,
carece de
sustantividad, es como él mismo lo dice, "lo fantástico"
y el adjetivo, aparece sustantivado, es lo histórico, lo
civilizado. Pues bien, si América es lo puramente negativo,
lo que
carece de significado dentro de la historia humana, lo que
se opone
al progreso, a la cultura, México, enfrentado al poder
europeo,
deba presentarse para Alberdi con los colores más sombríos. Y
así
dirá que es "...el más atrasado de cuantos países deben su
origen a la España... Su suelo se encuentra rodeado de
costas pestíferas,
cuando no tempestuosas, especie de Estigia terrestre; se
diría que
el dedo de la muerte ha trazado sus fronteras sepulcrales".
México,
en lucha contra lo más reaccionario de las aristocracias
europeas,
resultaba ser un ataúd, la muerte de la historia y de la
civilización.
América
era un vacío que debía ser llenado, un continente sin
contenido y
que si tenía ya alguno, le había venido de afuera, de la
Europa
latina. Lo demás, lo inconcebible, lo inexplicable, lo
"fantástico”,
no poseía sustantividad alguna, ni menos aún derechos para
invocar
un americanismo. La expresión "nosotros los
latinoamericanos", se reducía en Alberdi a un "nosotros
los europeos latinos de América" o a un "nosotros los
integrantes de las aristocracias de origen español", cuya
renuncia a la misión heredada de dominación respecto de los
grupos
sociales inferiores, era simplemente, renuncia de la
"civilización".
Frente
a otros escritos alberdianos, de los que necesariamente
deberemos
ocuparnos, El gobierno de Sud América ha sido
considerada por Bernardo Canal Feijoo como una "obra
aberrante". No se trata, sin embargo, a nuestro juicio, de
un
"extravío", sino de una de las tantas manifestaciones del
sistema de contradicciones dentro del cual se movieron
muchos
liberales hispanoamericanos (Canal Feijoo, B.,1955: 507 y
517).
Muy
otro será el sentido de la expresión "América Latina"
en Francisco Bilbao. El régimen de valores que rige el
pensamiento
de este autor es la contraparte del que hemos visto sostiene
la
posición alberdiana. México, que había provocado según el
escritor argentino, un verdadero "exceso de americanismo",
no es para Bilbao un ataúd, sino "lo más bello y lo más rico
de América" y además, el destino político de América no es
la monarquía o su sustituto, la república aristocrática,
sino la
democracia. "Creemos -dice- que la gloria de América,
exceptuando de su participación al Brasil, imperio con
esclavos, y
al Paraguay, dictadura con siervos, y a pesar de las
peripecias
sangrientas de la anarquía y despotismo transeúntes, sea por
instinto, intuición de la verdad, necesidad histórica o
lógica
del derecho, consiste en esa gloria, en haber identificado
su
destino con la república”. Mas, como hemos aclarado, no es
la
proyectada por las oligarquías europeizantes, partidarias
del
despotismo ilustrado, sino aquélla que tiene sus raíces en
el
pueblo mismo, que es de donde deriva toda soberanía. De ahí
que
Bilbao entienda que es gracias a la participación de las
masas, a
la presión ejercida por ellas, que América ha señalado su
destino: "Sí, gloria a los pueblos –dice- a las masas
brutas, porque su instinto nos ha salvado. Mientras los
sabios
desesperaban o traicionaban, esas masas habían amasado con
sus lágrimas
y sangre el pan de la República, y aunque ignorantes, el
amor a la
idea desquició todas las tentativas de los que imaginaron
reproducir un plagio de monarquía”.
Mas,
Bilbao no se quedará en este nivel, sino que tratará de
profundizar en las causas por las cuales los partidarios de
la
intervención francesa en México han adoptado una posición
antipopular y por eso mismo antiamericanista. El motivo que
ha
llevado a los "civilizados" que piden "la exterminación
de los indios y de los gauchos", al desprecio y
desconocimiento
del papel histórico de las "masas brutas", se encuentra
en un "olvido", concepto con el cual Bilbao habrá de
intentar una crítica de la razón política.
En
efecto, cuando los grupos conservadores, oligárquicos y
europeizantes, enuncian un "nosotros", están olvidando la
amplitud que debería tener en boca de un americano, según
piensa
el escritor chileno, y lo reducen al grupo dominador.
"Sostenemos -dice- que el olvido de algún elemento necesario
que entra en la concepción de la verdad es causa de casi
todos
nuestros errores”. Así, por ejemplo, el olvido del
absolutista es
"el olvido del derecho de la libertad de todos". Ese
"olvido" está además condicionado o causado, como el
mismo Bilbao lo declara, por "la posición social", se
trata, dice, "de una cuestión de mesa, de albergue, de
rentas".
Bilbao
va más allá todavía en su crítica de la razón política.
Denuncia que para justificar el "olvido" y la afirmación
del "nosotros" dominador, propios del
"americanismo" aristocratizante y europeizante, se
recurrirá a la división de los americanos en "espíritu"
y "materia" y que sólo los que se consideran colocados en
el primero son los que pueden hablar en nombre de todos.
Bilbao
reconstruye el razonamiento del hombre opresor:
Conspiro con algunos, a quienes seduce la bella perspectiva del ocio, del dominio, de los goces. Sorprendemos a otros y los esclavizamos, y con los esclavizados aumentamos la conquista. Enseguida educamos a los esclavos diciéndoles: Brahma, el eterno, nos sacó a nosotros de su propia cabeza para dirigiros, y a vosotros, de sus pies, para servirnos. Somos la palabra del Ser, el universo tiembla. El rayo, el trueno, la tormenta, el temblor, son manifestaciones de su ira: obedeced si queréis salvaros. El freno queda colocado y las riendas en manos de la casta. He ahí cómo se domina a las multitudes, he ahí cómo se enfrena a los pueblos.
El
desconocimiento de los otros, proviene viciosamente de
nosotros
mismos y el rechazo de que somos objeto por parte de ellos,
lo
atribuimos a su "incapacidad" para incorporarse a
"nosotros" únicamente mediante la violencia, la fuerza,
es posible reducir las masas e introducirlas en nuestro
propio plan.
De ahí que si hay república, porque la monarquía es
imposible ya
en América, debe ser una "república fuerte". Tal era la
tesis de Alberdi que hemos comentado y será años más tarde
la del
"cesarismo democrático" de los positivistas.
Como
consecuencia del "olvido" se genera la violencia, por lo
mismo que es fundamentalmente violencia. ¿Cuál es el
discurso de
los "civilizados" según Bilbao? Ellos dicen: "Ved
esos bárbaros: los hombres del campo, los huasos, los
gauchos, los
llaneros, los jornaleros, los peones, en unas palabras, las
masas,
el pueblo. ¿Y queréis instituciones? ¡No! Es necesario la
fuerza,
el poder fuerte, la dictadura”... Los "partidos
civilizados" piden, pues, "la dictadura de las clases
privilegiadas". Pero aquellas masas de las que habla Bilbao
ya
no son las que dieron su sangre durante las guerras de
Independencia
bajo el control del partido criollo, son las masas
levantadas
durante las guerras civiles posteriores a la Independencia,
que han
adquirido una cierta conciencia, un cierto para sí. De ahí
que
ellas propongan también su dictadura. "Las masas
desheredadas
y atropelladas como animales, buscan caudillos. Es la
dictadura de
la venganza y la garantía de su modo de ser”. No cabe duda
de que
en este enfrentamiento de clases sociales, muy distinto
debía ser
el sentido del "nosotros los latinoamericanos", como también
el de América Latina.
En
efecto, para Bilbao, en primer lugar está "América" y en
segundo, su "latinidad". Su defensa no se encamina a
"salvar" a esta última, aun cuando ella tenga valores
apreciables, sino a salvar a América. El libro de Bilbao no
se
llama "La América Latina en peligro", como podría
haberlo titulado ya que la expresión "América Latina"
aparece usada en el mismo texto, sino que lo denomina
simplemente
"La América en peligro": esta América sometida a los
avances tanto del Imperio francés como norteamericano y
organizada
internamente sobre la violencia justificada con la palabra
"civilización". De este modo, Bilbao subrayará lo
verdaderamente sustantivo de la expresión, y dejará lo
adjetivo
como tal. América es por tanto un término lleno de contenido
histórico,
válido y sustante por sí mismo. La expresión "nosotros los
latinoamericanos" no quiere decir otra cosa que los
americanos,
que si bien se diferencian de los de la América Sajona por
su
incorporación al mundo latino, valen antes que nada en
cuanto
americanos, sean ellos latinos o no lo sean, constituyan los
grupos
de las aristocracias de origen español, sean indígenas que
sólo
hablan su lengua, o mestizos que han mantenido hábitos de
vida no
totalmente europeizados (Bilbao, F., 1972: 277; 301, etc.).
La
exigencia de que hemos partido: "ponernos a nosotros mismos
como valiosos", se encuentra implícita asimismo en la
expresión
de "lo nuestro". En efecto, definir los alcances del
"nosotros" supone a la vez la definición de "lo
nuestro", no en el sentido de las cosas que son nuestras,
sino
en el de "nuestro modo de ser", "nuestra
identidad", que incluye nuestra relación con aquellas cosas.
Un análisis de lo que los escritores americanos han
entendido por
"lo nuestro" y muy particularmente, lo que han creído
entender en la locución "nuestra América", es de
particular interés.
La
expresión se encuentra enunciada textualmente como Nuestra
América,
en el célebre artículo de José Martí, aparecido en México en
1891, como también años más tarde, es título del libro de
Carlos
Octavio Bunge, Nuestra América, de 1903. La
problemática de
"lo nuestro" y los orígenes de la locución "nuestra
América", se encuentran sin embargo ya claramente en las
célebres
Cartas de Jamaica de Simón Bolívar y son fácilmente
rastreables inclusive en escritores hispanoamericanos desde
fines
del siglo XVIII. La ideología latinista, a mediados del
siglo XIX
dará particular importancia al tema, como puede verse en
ensayistas
como José María Torres Caicedo. Muchos otros casos podríamos
citar, bástenos con un análisis de las respuestas dadas por
aquellos dos escritores que, como en el caso anterior, nos
permitirá
dar un paso más en la determinación del "nosotros".
Comencemos
por el citado texto de José Martí. ¿Cómo llegar a lo
"nuestro"? ¿Cómo llegar a la afirmación de
"nosotros mismos como valiosos" y a la vez tener
conciencia del alcance del "nosotros" desde "lo
nuestro"? Tal sería el planteo de base que surge del escrito
de Martí. De alguna manera el método para la determinación
del
"nosotros" repite lejanamente el intento platónico del
Alcibíades, mas hay aquí una radical diferencia en cuanto
que la
respuesta no se ha de lograr mediante una reducción que nos
introduzca en una radical intimidad, en una especie de
sagrario
ontológico y a la vez mítico, pues la pregunta es acerca del
hombre como ente histórico y social y más particularmente,
acerca
de un hombre determinado: el de "nuestra América".
Lo
primero que nos dice Martí es que para afirmarnos a nosotros
mismos
es necesario superar la "mentalidad aldeana",
"despertar del sueño aldeano", dicho en otras palabras,
reconocer las limitaciones propias de nuestro horizonte de
comprensión.
Con ello, como en el caso de Bilbao, su pensamiento habrá de
tener
como base una crítica de la razón. La mentalidad
"aldeana" nos lleva a ignorarnos a nosotros mismos, aun
cuando suponga un modo de afirmación de un determinado
sujeto,
simplemente, porque ignoramos el "otro". Sumergirnos en la
"aldea" es pues, ignorar a los demás en cuanto alteridad,
y sucede qué éstos también integran lo "nuestro",
"nuestra América". Para conocernos a nosotros mismos no
tenemos más remedio que conocer y reconocer a los demás, de
donde
la norma que enuncia Martí de que "Los pueblos que no se
conocen han de darse prisa por conocerse", no se refiere a
un
conocimiento entre pueblo y pueblo, sino a un reconocimiento
de la
diversidad interna de cada pueblo. De ahí la necesidad de lo
que
denomina "del recuento y de la marcha unida", superada la
aldeanidad en cuanto forma de mentalidad limitada, que en el
hombre
de ciudad, y en particular en el universitario intoxicado de
libros
europeos, adquiere su máxima negatividad.
El
punto de partida de "lo nuestro" es la
"diversidad". A ella Martí la denomina "lo que
es". Al mismo tiempo, también es punto de partida la
"unidad" que no sea extraña a "lo que es" y ¿qué
somos? ¿Qué es "lo nuestro"? Somos "el potro del
llanero", "la sangre cuajada del indio", el "país",
"el estandarte de la virgen de Guadalupe", "las
comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza",
"el alma de la tierra". Pero también esta América
nuestra es "el libro importado", "los hábitos monárquicos",
"la razón universitaria", "las capitales de corbatín",
"los redentores bibliógenos", "la universidad
europea". Este segundo aspecto de lo "nuestro" es
aquel de donde ha salido la enunciación de un "nosotros"
ocultante del "nosotros". Es el de los que han caído en
un "olvido", que es precisamente consecuencia de la
"aldeanidad" el mismo olvido del que hablaba Bilbao. Ambos
escritores desarrollaron, cada uno a su tiempo, uno de los
temas tal
vez más interesantes dentro de la historia del pensamiento
filosófico-social
latinoamericano, sobre el cual se ha desarrollado, como
hemos dicho,
toda una crítica de la razón.
La
composición de lo "nuestro" no es la que generalizaron
escritores como Domingo Faustino Sarmiento, muchas veces en
contradicción con ellos mismos, para quienes éramos una
incompatible mezcla de "civilización" y de
"barbarie". Hay en "lo nuestro" una dualidad y
en esto sí tenía razón el pensador argentino, pero ella es
otra,
es sin más y con términos de Martí la de "lo
artificial" frente a "lo natural". La llamada
"civilización" es un artificio de la "razón
aldeana", un universal ideológico que en cuanto tal funciona
como encubrimiento, poniendo en juego el "olvido", fruto
de una mala conciencia. La "barbarie", atribuida al
"hombre natural" de Martí, es por el contrario, un poder
histórico de desencubrimiento. El "olvido" y junto con él
los proyectos de unidad de nuestra América, tomados de
préstamo a
Hamilton o a Sieyès, sobre los cuales se organiza
doctrinalmente
aquel "olvido", son los que movilizan por reacción, a un
hombre marginado, que conoce además, al otro, como causa de
su
marginación.
Éste
es, como dijimos, el "hombre natural". No se trata, aunque
podría creérselo, de un regreso a la teoría del "buen
salvaje", aun cuando Martí nos diga que "el hombre
natural es bueno". Es "natural" porque no está
intoxicado con doctrinas, en particular con aquellas que el
hombre
de la ciudad con su "razón universitaria" maneja contra
él; es "bueno", no desde un punto de vista moral, sino
porque parte "de lo que es", en cuanto marginado y
explotado, porque no integra los grupos sociales
dominadores. El
"hombre natural" es por eso mismo un factor de irrupción
en el proceso histórico, es el que denuncia con su simple
vivir,
con su cotidianidad, los falsos principios de unidad,
impuestos a
partir de un desconocimiento de la diversidad. "Viene el
hombre
natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada
en los
libros". Es el hombre que viene a denunciar con su presencia
"la parte de verdad" olvidada. Se trata de un ser que
posee voz y que exige que le sea escuchada por lo mismo que
se
afirma en su alteridad. Lejos estamos del mítico caribe
rousseauniano.
Frente
a él, también integra "lo nuestro", como hemos ya dicho,
el "hombre culto", pero cuya cultura consiste en un mirar
"con antiparras yanquis o francesas", colocándose
"vendas" y hablando no con "palabras", sino con
"rodeos de palabras", con "ambages", por el
temor de ser claro. Este hombre es el que no pone en juego
"la
razón de todos en las cosas de todos", sino "la razón
universitaria de unos, sobre la razón campestre de otros".
Es
el que ignora, a sabiendas o no, la relatividad de su propia
posición
y que hace de su "palabra", pretendida verdad universal.
No ve o no quiere ver "que las ideas absolutas, para no caer
en
un yerro de forma, deben ponerse en formas relativas". A
este
hombre debe sustituirle el "estadista natural", que del
mismo modo que el "hombre natural", es el que tiene la
capacidad de ver "lo que es", desde un saber universitario
que no es ya importado, sino propio. En él "la universidad
europea" ha cedido ante la "universidad americana",
el libro foráneo, al libro nuestro.
Mundo
conflictivo el de "nuestra América", surcado de
antagonismos: "la ciudad contra el campo", "la razón
contra el cirial", "el libro contra la lanza",
"las castas urbanas contra la nación natural", "el
indio mudo, el blanco locuaz y parlante", "el campesino,
la ciudad desdeñosa", en resumen y con las mismas textuales
palabras de José Martí "los oprimidos y los opresores".
Eso es "lo nuestro".
¿Qué
hacer? "El genio -nos dice- hubiera estado en hermanar" a
todos, pero para hacerlo es necesario antes conocer los
términos de
cada contradicción y sobre todo reconocer como valiosos a la
"nación natural", al "campo", a la
"lanza", a la "vincha", y partir de ellos.
"Hermanar" no quiere decir, en el pensamiento de Martí,
lograr un acuerdo entre dominadores y dominados, sino
ponernos por
encima de esa relación. Para ello no hay otra vía que
colocarnos
al lado del "hombre natural": "Con los oprimidos había
que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a
los
intereses de los opresores' y esto porque los "oprimidos",
con su mirar "natural", constituyen, aunque no siempre con
éxito ni conciencia, el poder irruptor en la historia
(Martí, J.,
1992: II, 480-487).
Carlos
Octavio Bunge, en su libro Nuestra América, parte
también
del reconocimiento de una diversidad y se pregunta cuál es
el
principio de unidad que le corresponde. Por de pronto, las
formas de
diversidad son, para Bunge, fundamentalmente raciales y, en
relación
con cada raza o "sub-raza", psicológicas. La unidad de
América
como multiplicidad habrá de derivar del mismo modo, de una
integración racial, de un "mestizaje" del que habrá de
surgir el "genio hispanoamericano". A pesar de que
entiende que algún día se alcanzará esa unidad se le
presenta sin
embargo como hipotética ya que la diversidad posee un sino
fuertemente negativo, una fuerza disociadora que lo impide.
La
unidad, en la medida en que la realidad diversa actual es
valorada
negativamente, es proyectada hacia el futuro con carácter de
enigma: "sobre el porvenir de ese caos de luces y tinieblas
-que es América- duda el mismo Dios". Sin embargo,
considerado
el problema desde el punto de vista racial, nos vuelve la
esperanza
ya que "la herencia, la Raza, resulta, en inducción final,
la
clave del Enigma... Estudiemos, pues, a los hombres y a los
pueblos
según la raza, si queremos arrancar a la Esfinge de la vida,
su
secreto, el secreto inhallable, el secreto del pasado, del
presente
y del porvenir".
De
esta manera, lo "nuestro" de "nuestra América"
se presenta bajo una doble faz: es un presente, un ser, lo
dado como
diversidad y más aun, como diversidad caótica; pero también
es lo
"nuestro" un proyecto y una posibilidad en cuanto que el
secreto mismo de las razas nos asegura una unidad futura,
que de
alguna manera habrá que probar que ya se encuentra, por lo
menos en
principio, en medio de aquel caos. El problema consiste,
dicho con
otras palabras, en pasar de una "heterogeneidad" a una
"homogeneidad", partiendo del principio de que dentro de
lo diverso existe algún elemento que no se muestra como
factor de
caos o de disociación sino todo lo contrario por lo que la
unidad
depende de las posibilidades y suerte de ese elemento
salvador.
¿Cómo
se explica que en medio de una diversidad negativa pueda
haber un
factor positivo que permita superar la caoticidad? Para
Bunge el
problema se resuelve de modo simple: el secreto de la
historia se
encuentra en la geografía, ésta ha generado grupos raciales
fuertes y débiles y a los primeros les cabe la tarea de
lograr la
unidad mediante la imposición de un "alma común". Como
es fácil comprenderlo ésta será el fruto de un mestizaje,
pero
por cierto de un mestizaje "positivo", y todo el problema
de esta simple filosofía de la historia, consiste en
encontrar la fórmula
que asegure su posibilidad.
Aquel
"mestizaje positivo" se logrará cuando predomine "lo
castizo", es decir, cuando se imponga el más fuerte sobre el
más
débil racialmente. "Lo castizo de un pueblo compuesto de
varias razas y sub-razas –dice- es lo propio y
característico de
la raza más fuerte, la dominadora; es el sello de supremacía
que
ésta impone a las débiles, las dominadas”. Éstas, felizmente
por lo mismo que débiles, son propensas a sufrir
influencias, son
sugestionables. En la casticidad radica, pues, la fórmula
sobre la
que se habrá de lograr la unidad de nuestra América. Ahora
bien,
como la sugestionabilidad de los débiles no es recurso
suficiente,
es necesario agregar la violencia, la que como "lucha de
razas" existe de hecho y es legítima. "Una vez entablada
la lucha de razas harto desiguales, debe mantenerse hasta la
dominación y absorción de la más débil, cualesquiera que
sean
las ideas, la política, la religión, o la ética dominantes”.
La
unidad de nuestra América, como consecuencia de la
naturaleza de
"lo nuestro" se habrá de lograr mediante la fuerza y no
excluye, por cierto, el genocidio (Bunge,
C. O., 1918: 124-125; 136; 141, etc.).
Todo
esto es justificado sobre una arbitraria psicología de los
pueblos,
fundada en una caprichosa y pretendida "observación
científica",
según la cual, las poblaciones indígenas se han
caracterizado por
su espíritu vengativo y su ferocidad, superior a la de los
primitivos salvajes europeos; el "indio mestizado" es un
"híbrido" que muestra caracteres visibles de degeneración;
en fin, el mulato, mucho más que el mestizo de blanco e
indio, se
le presenta como el "monstruo apocalíptico" que amenaza a
las "sociedades modernas" de América, centradas
principalmente en las ciudades. Como consecuencia de todo
esto,
Bunge declarará que "el alcoholismo, la viruela y la
tuberculosis", que han "diezmado a la población indígena
y africana en algunas ciudades", "depurando sus elementos
étnicos, europeizándolos, españolizándolos", constituyen
una bendición.
El
mito racial le permite a Bunge ocultar la realidad de las
clases
sociales y sus conflictos, y al mismo tiempo, justificar los
pretendidos derechos de los grupos dominantes. A pesar de
que su
posición coincide políticamente con las tesis alberdianas
desarrolladas en El gobierno de Sud-América, esta
última
obra nos resulta menos ideologizada en cuanto que
"civilización"
y "barbarie" son allí las aristocracias de origen europeo
y la plebe americana, respectivamente, señaladas, a pesar de
las
referencias raciales que contienen, más bien como clases
sociales
antagónicas. Las palabras de Martí, escritas en su artículo
"Nuestra América", parecieran haber sido redactadas
pensando en ensayistas del tipo de Bunge: "No hay odio de
razas, porque no hay razas", el odio y el miedo que
acompañan
de modo evidente a la violencia propugnada por Bunge como
solución
de "lo nuestro", son reales, no lo son sin embargo -y
también con palabras de Martí- las "razas de librería"
sobre las cuales pretende justificar la "casticidad" de
las oligarquías terratenientes y la "inferioridad racial"
de las clases explotadas.
Hemos
visto cómo en Bilbao y en Alberdi, en Martí y en Bunge, en
diversas fechas de nuestro proceso intelectual, se ha
hablado de un
"yo" social, de un "nosotros", si bien dentro de
líneas de desarrollo claramente diferenciables. La temática
como
así sus divergencias internas, es también cosa de nuestros
días y
no lo es por factores casuales. Hay, claro está, diferencias
de época,
mas, el planteo de base, se mantiene. La vieja y falsa
oposición
entre "civilización" y "barbarie" reaparece, si
bien con otros condicionamientos, pues no se trata ya de la
misma
"plebe", ni de las mismas aristocracias y oligarquías.
Sin embargo aquellos mitos han continuado reelaborándose. El
racismo de los positivistas, el que vimos expresado en el
argentino
Carlos Octavio Bunge, o el que podemos ver en el mexicano
Francisco
Bulnes, o el boliviano Alcides Arguedas, todos ellos
insostenibles
en nuestros días, han reaparecido bajo nuevas formulas,
expresadas
en ideologías sucedáneas.
Una
entre tantas, dentro de los ensayos que interesan
directamente a la
problemática del "nosotros" y de lo "nuestro",
es la que se desarrolla en el libro del escritor colombiano
Eduardo
Caballero Calderón Suramérica, tierra de hombres. El
mito
de la "raza castiza", aparece remplazado por el de un
hombre al que denomina "hombre a secas" y el de las
"razas débiles" encuentra su sustituto en el de las
"muchedumbres", entendidas como una especie de masas
humanas amorfas. Un regreso al individualismo liberal y un
retomar
dentro de éste la anacrónica doctrina del héroe, le permite
justificar la marginación dentro de la historia pasada y
presente,
de la temida "plebe" ahora vestida con la ropa del
proletariado urbano.
Si
en apariencia hay en Suramérica este remover de bajos
fondos, este
entrecruzamiento de las corrientes humanas y este
desplazamiento de
culturas que se embisten, se mezclan y se despedazan no es
menos
cierto que en el comienzo de todo, como orientador de la
historia,
se encuentra siempre el hombre. No la muchedumbre, ni la
multitud,
ni el pueblo, ni la nación ni la raza, sino el hombre a
secas, el
individuo que se enfrenta sólo contra el destino, contra el
paisaje. Tal vez este siglo de plebes urbanas, proletariados
uniformados y filosofías que han oscurecido la tierra al
hipertrofiar el Estado y reducir al hombre a un simple grano
de
arena en la playa del tiempo, a una simple gota de agua en
la
corriente de la raza, esta idea puede ser pueril. Pero quien
acaba
de recorrer los caminos de Suramérica y, por tanto, ha
revivido
paso a paso su historia, sabe que por sobre la muchedumbre, o
antes
que ella, se encuentra siempre el hombre: Manco Capac, Núñez
de
Balboa, Pizarro, Valdivia, Orellana….
Razón
tenía Hegel cuando decía que todo contenido sólo puede ser
comprendido en cuanto encaje en el enrejado de la conciencia
ordinaria.
Conforme
con su ideología nos dirá más adelante que "No fue el indio
no pudo ser la turba indígena la que se rebeló hace un siglo
contra el invasor blanco. Fueron unos pocos hombres, unos
cuantos
espíritus que se pueden contar con los dedos de la mano, los
que
pusieron fuego a Suramérica, armaron con una lanza al
descontento
llanero, dieron un puñal a la manumisión del mestizo y
sacudieron
con el látigo la incuria del indígena”... Con lo transcripto
ya
sabemos lo que el autor quiere decir, en nombre de quién
habla y
justifica su posición. Un desprecio manifiesto por lo que
denomina
"bajos fondos" revela cuál es el alcance del
"nosotros", reducido arbitrariamente a éste o aquel
individuo, "contables con los dedos de la mano", pero que
sin embargo no dejan de ser un "nosotros". Lejos estamos
otra vez de los intentos de desmitificadores de un Francisco
Bilbao
y de un José Martí (Caballero Calderón, E., 1956).
Los
ejemplos que hemos puesto, los discursos de Alberdi y de
Bunge, por
un lado, y los de Bilbao y Martí, por el otro, nos muestran
la
existencia de ciertas categorías discursivas que dependen
del modo
como se ha ejercido en cada caso el a priori
antropológico.
Un análisis de este ejercicio nos permite por tanto
colocarnos, no
propiamente en una "historia de los discursos", sino en lo
que podríamos considerar como las condiciones de producción
de los
mismos y a partir de lo cual aquella historia sería posible.
No es
difícil de ver que el ejercicio del "ponernos como
valiosos" supone un horizonte de comprensión desde el cual,
con diverso signo, se elabora el nivel discursivo, que tiene
como
eje siempre aquel "ponernos", que, como hemos tratado de
mostrarlo, nos da el sentido del “nosotros" y de lo
"nuestro" en cada caso.
Por
otra parte, el estudio del discurso, tal cual aquí lo
planteamos,
supone la afirmación de una autonomía relativa de lo
discursivo.
Ésta surge de un hecho no siempre suficientemente subrayado,
cuyo
desconocimiento puede llevar en sus casos extremos a negar
la
posibilidad y el real valor que reviste el estudio de la
expresión
discursiva. Nos referimos concretamente a la naturaleza del
lenguaje
como mediación de todas las formas de vida real concreta. La
doctrina de lo ideológico según la cual éste sería un
"reflejo" de las relaciones sociales consideradas en su
pura facticidad, ha conducido a ignorar aquel fenómeno de la
mediación, creando la ilusión de que se puede confrontar de
modo
inmediato la realidad extralingüística y su expresión en el
lenguaje, por cuanto el acceso a lo primero sería directo.
Mas no
es así, por cuanto, para establecer la deseada
confrontación, se
ha de expresar también a nivel discursivo aquella realidad.
No hay
hechos económicos o sociales en bruto, sin la mediación de
formas
discursivas. La confrontación no se da, por tanto, entre una
realidad desnuda y las teorías o doctrinas, científicas o
no, de
la misma, sino entre formas discursivas, a una de las cuales
se le
atribuye la virtud de ser la "realidad", mientras que a la
otra se la declara "reflejo". La universalidad de la
mediación no llega, sin embargo a invalidar todo discurso,
pues, no
en todos la mediación se juega de la misma manera, como no
invalida
la doctrina del “reflejo", a pesar de otras dificultades que
ofrece, sino las interpretaciones ingenuas de la misma. Como
consecuencia de lo señalado, surge que una confrontación de
la
realidad extralingüística con la expresión discursiva que
intente
llevarse a cabo exclusivamente sobre la determinación de
contenidos, sin plantearse el problema de los códigos dentro
de los
cuales aquellos contenidos alcanzan significación, se
quedaría a
medio camino.
Previo
por tanto a una confrontación de aspectos de la
"realidad", con sus correlativos "contenidos"
dentro del discurso, se hace necesaria una confrontación
entre el
sistema de relaciones sociales y los sistemas de códigos de
los
cuales depende todo discurso, cuya estructura última se
enuncia
fundamentalmente en juicios de valor, a los que quedan
supeditados
los juicios de realidad. Momento investigativo éste en el
que
siempre se dará inevitablemente una mediación, por cuanto el
sistema de relaciones sociales no lo captaremos nunca en
bruto, pero
que abre las puertas para dar el paso del lenguaje
cotidiano, propio
de la conciencia ordinaria, al lenguaje científico, al
colocarnos
en la fuente donde se organiza el mundo de significados.
¿Cómo son
traspasadas y cómo pueden ser superadas las consecuencias de
la
mediación? La respuesta surge del proceso permanente de lo
que podríamos
considerar como "destrucción" de lo discursivo, por obra
de la facticidad social dentro de la que juega su papel todo
sujeto,
que es fundamentalmente "desestructuración" de códigos y
que se pone de manifiesto en la existencia de discursos
contrarios,
como hecho constante dentro de toda etapa histórico-social.
De esta
manera, aquella autonomía de lo discursivo que surge del
fenómeno
inevitable de la mediación, aparece constantemente quebrada,
hecho
que no impide darle toda la importancia que posee en
cualquier
intento de análisis de un texto.
El
hecho que hemos mencionado, el de la existencia de
"discursos
contrarios", exige la investigación de sus modos de
funcionamiento, a partir de lo cual será posible establecer
ciertas
categorías discursivas básicas, siempre en relación, como
dijimos
en un comienzo, con la forma como se ejerce el a priori
antropológico. De ahí la posibilidad de elaborar una "teoría
de los dos discursos", diferenciables básicamente por sus
estructuras axiológicas y que en el caso de uno de ellos, el
"discurso liberador", suele ir acompañado de ciertas
actitudes decodificadoras, que pueden incluso adquirir
formas
metodológicas precisas. El desarrollo y sistematización de
las
formas espontáneas de decodificación, funda, por lo demás,
la
posibilidad de la elaboración de discursos que anticipen el
poder
desestructurador de la facticidad social misma, sin que se
tenga que
esperar la madurez de los tiempos.
Tal
vez no sería necesario aclarar que la historia de los
discursos que
se intente sobre estos criterios, exige una investigación de
la
totalidad discursiva de una sociedad determinada en un
tiempo dado,
hecho que obliga a ampliar el concepto mismo de
"discurso", reducido tradicionalmente a lo textual. No
siempre el "discurso contrario" ha sido expresado de la
misma manera y en más de un caso se encuentra implícito, más
que
explícito, en formas discursivas que abarcan las más
diversas
modalidades expresivas de una determinada sociedad. Esto
rompe con
la pretendida-autosuficiencia de determinados discursos, por
cuanto
el antidiscurso de un discurso "científico" puede estar
dado, potencial o actualmente, en formas expresivas
vulgares, en
relación con las cuales ha de ser necesariamente estudiado y
que
poseen, para una doctrina acerca del discurso, tanto peso y
valor
como aquél, aun cuando no se nos presenten como
"teoréticos".
Por último, es necesario tener presente que el "discurso
contrario", al margen de su enunciación, se encuentra por lo
general, aludido-eludido en el mismo discurso al cual se
opone,
hecho que es característico de las formas discursivas
típicamente
ideológicas (Roig, A.,
1978: Cultura, 2).
Ver:
Carlos Bauer retoma el pensamiento de Roig en su análisis de la independencia haitiana desde una "filosofía de la liberación" en Bauer, Carlos F.(2008) "Introducción a la Primigeneidad Haitiana" en Silabario 10-11 Ver más en la sección Continente.
Pensamiento Latinoamericano en el Bicentenario
El Che y otros héroes latinoamericanos tienen su lugar en la Casa Rosada
Cristina Fernández inauguró la Galería de los Patriotas del Bicentenario junto a sus pares de la región. Los cuadros de reconocidos artistas fueron colgados en la planta baja de la Casa de Gobierno. “Nuestros pueblos están mejor que hace 100 años. Pese a quien le pese, estamos mucho mejor”, subrayó la presidenta durante su discurso.Los cuadros, ubicados en la planta baja de la Casa Rosada, pertenecen a diversos artistas de la región que inmortalizaron las imágenes de los héroes que en estos 200 años lucharon por la liberación del continente. En su mayoría, los lienzos fueron donados a la Argentina por varios gobiernos, entre ellos los de Cuba, México, Chile, Nicaragua y Venezuela.
De esta forma, la Galería de los Patriotas, inaugurada ante la presencia de varios mandatarios latinoamericanos, representa un fuerte símbolo de la vocación de nuestro país para avanzar en la integración, en contraste con las prioridades que se fijaron en 1910, cuando la Argentina miraba exclusivamente hacia Europa.
“Aquí están todos, están nuestras grandes victorias y también algunos fracasos amargos. Pero tal vez sin unos ni otros, hoy no estaríamos conmemorando estos 200 años de historia”, dijo Cristina Fernández, flanqueada por los presidentes Evo Morales (Bolivia), José “Pepe” Mujica (Uruguay), Fernando Lugo (Paraguay), Sebastián Piñera (Chile), Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Rafael Correa (Ecuador) y Hugo Chávez (Venezuela).
"Este es un festejo diferente, popular, con el pueblo en las calles", destacó Cristina y luego recordó que el Centenario del país "nos encontró con la declaración del Estado de sitio y con un miembro de la casa Real de España como invitado".
Hoy, por el contrario, los invitados fueron representantes de gobiernos democráticos de la región con características diversas, pero con objetivos en común, que según la mandataria son “que sus pueblos, que sus sociedades, tengan más libertad, más igualdad, una más justa distribución de la riqueza, más educación y salud”.
“Nuestros pueblos están mejor que hace 100 años. Pese a quien le pese, estamos mucho mejor. Hace 100 años estaba prohibida la libertad sindical, hace 100 años no podíamos elegir libre y democráticamente a nuestros gobernantes y lo pudimos hacer recién a partir de la ley Saénz Peña", recordó.
Además, de los mandatarios latinoamericanos también presenciaron el discurso de Cristina un gran número de gobernadores, el presidente de la Cámara de Diputados, Eduardo Fellner, ministros nacionales, el presidente derrocado de Honduras, Manuel Zelaya, el vicepresidente cubano Esteban Lazo, y el secretario general de la OEA, José Miguel Insulza.
Todos ellos participan de las celebraciones de cierre en conmemoración de los 200 años de la Revolución del 25 de Mayo de 1810, acompañando a la presidenta en la proyección de la historia argentina en el Cabildo, luego en el desfile final de cierre y, por último, en la cena de honor en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno.
En Política y Medios, jueves 27 de mayo de 2010 Ver
http://www.politicaymedios.com/politica/El_Che_y_otros_heroes_latinoamericanos_por_fin_tienen_su_lugar_en_la_Casa_Rosada_20100525192117.php
Jauretche: El yrigoyenismo y los Medios
Reportaje realizado a Arturo Jauretche entre marzo y mayo de 1971 por el historiador Luis Alberto Romero, integrado al ciclo del programa "Historia Oral", del instituto Di Tella
-Hay una superestructura, que lo que no estamos en la línea (no importa que la línea sea izquierdista), los que somos populistas, no tenemos difusión.
La Prensa le publica a Luis Franco, pero no le va a publicar a un populista: porque ellos saben que ese izquierdismo teórico no es peligroso para ellos. No es peligroso porque es una discusión de allá, es un debate de allá y el debate de allá, saben que acá no prende. Lo saben por instinto, por sabiduría. Usted va a ver, lo muestran como tipo peligroso a Ezequiel Martínez Estrada ¡Qué va a ser peligroso Martínez Estrada Martinez Estrada! lo único que hacía era destruir la fe en el país (...)
- En las vísperas de las elecciones del 28, ¿qué dirigentes importantes habían quedado con Yrigoyen?
Bueno, importantes así no había, porque la fama la hacen los grandes diarios.
-Es decir, todos los hombres de fama estaban del otro lado...
Claro, porque los diarios hacen las grandes famas. Por ejemplo, yo he contado en algún libro mío, el caso de Ramón Gómez -era un dirigente santiagueño que fue ministro del interior de Yrigoyen-.
Gómez era un poco fluctuante, de repente estaba con los antipersonalistas, de repente con Yrigoyen ; cuando estaba con los antipersonalistas era el Doctor Ramón Gómez, cuado estaba con los yrigoyenistas era "el tuerto Gómez"
Jauretche, Arturo: (2005). "Reportaje" en Escritos Inéditos. Buenos Aires, Corregidor.Pp. 27 a 42.
26 may 2010
Nuestra América
Por José Martí
Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal
que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la
novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden
universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las
botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en
el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos. Lo que quede
de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse
con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas en la almohada, como
los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a
las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.
No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete legua! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.
A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¿Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos «increíbles» del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!
Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se administra en acuerdos con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver.Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.
Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república, en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que habían izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota y potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de unos sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.
Con los oprimidos había que hacer una causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros -de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen-, por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.
Pero «estos países se salvarán», como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni el país que se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide «a que le hagan emperador al rubio». Estos países se salvarán porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.
Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre la olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego de triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. «¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se echa por al hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.
De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encara y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.
No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!
Ver: El Sujeto de la Independencia Americana. Desde Francisco de Miranda hasta Manuel Ugarte de Carlos Pérez Zavala en Resúmenes de la edición nº 10-11
Publicado
en: La Revista Ilustrada de Nueva York, 10 de enero de 1891.
El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.
El Partido Liberal, México, 30 de enero de 1891.
No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila para que no pase el gigante de las siete legua! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.
A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre? ¿el que se queda con la madre, a curarle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¿Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos «increíbles» del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!
Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyès no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma de gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras esta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con su mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las universidades los gobernantes, si no hay universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages; porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se administra en acuerdos con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver.Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.
Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república, en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que habían izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota y potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de unos sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.
Con los oprimidos había que hacer una causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros -de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen-, por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.
Pero «estos países se salvarán», como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni el país que se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide «a que le hagan emperador al rubio». Estos países se salvarán porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.
Éramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar a sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre la olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza, coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego de triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa e inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. «¿Cómo somos?» se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no van a buscar la solución a Dantzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa, y la levantan con la levadura del sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. El tigre de adentro se echa por al hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando, por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.
De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una pompa de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque, demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o en que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encara y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.
No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!
Ver: El Sujeto de la Independencia Americana. Desde Francisco de Miranda hasta Manuel Ugarte de Carlos Pérez Zavala en Resúmenes de la edición nº 10-11
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